Sí, así de fuerte empiezo… y no me duelen prendas reconocerlo: me he portado como un campeón. He hecho todo lo que esperaban de mí a la hora (temprana) del almuerzo en el avión de Iberia que me llevaba a Estambul. Es decir, he mirado con sorna la bandeja, me lo he comido y bebido todo, he usado todos los sobrecitos (salsa, sal, pimienta, azúcar, sacarina y leche en polvo) y hasta me he limpiado con la toallita. Además, he repasado el todo este vocabulario en inglés gracias a que todo iba rotulado.
Conclusiones:
- Tengo que escribir sobre esto.
- Voy a hacer una foto a la bandeja.
- Para el próximo viaje me traigo un bocata, como hago cuando viajo en low-cost.
- Iberia no miente cuando dice que solo usa primeras marcas (lo que no dice es quién combina los ingredientes).
- Tengo que escribir sobre esto.
- Me gustaría ver el lugar donde preparan la comida (me lo imagino como la cocina de un summercamp) y, sobre todo, dónde montan las bandejas (me lo imagino como las plantas donde montan los iPad).
- Tengo que escribir sobre esto.
- Valorar la posibilidad de etiquetar todo lo que hay en casa en dos o tres idiomas.
- Pobres astronautas.
El análisis de la micro-bandeja en la que se concentran, comprimen y encajan todos los elementos que componen el menú, como si fuera una caja con la estantería Billy de Ikea o una pantalla del Tetris, permite otras reflexiones:
- Objetiva y teoricamente hablando, tenemos un panecillo que podemos untar con mantequilla o queso; de entrante, ensalada con salsa César; plato principal, macarrones con salsa de tomate, jamón, champiñones y queso rallado; de postre, bizcocho. Bebida y café. En principio, no hay motivo de queja: qué bien queda todo negro sobre blanco…
- Objetiva y empíricamente hablando, el panecillo es muy “-illo” y está helado, al igual que los cubiertos con los que debemos untar la mantequilla, el queso y comer; lo mejor de todo el menú es la salsa César. La ensalada, porque es salsa César para ensaladas; los macarrones se parecen mucho a aquellos macarrones con los que debuté como cocinero (cuando cumplí 11 años); la ensalada se componía de lechuga (cortada por el mismo que corta la lechuga para los BigMac) y un canónigo; confirmo, motivado por las lecturas sobre arqueología en Estambul en las que estaba inmerso antes de la comida, que tras arduos esfuerzos, encontré una tira de jamón York y medio champiñón en la salsa, debajo de los macarrones; el postre… era dulce (soy incapaz de dar más detalles); la sal, el azúcar, la pimienta, la mantequilla y la sacarina correctas, cumpliendo su función con precisión.
Recordatorio: la próxima vez que viaje en un vuelo que incluya comida, no debo leer antes sobre especialidades gastronómicas del lugar adonde voy. Es francamente frustrante pasar del libro y la imaginación a la cruda realidad.